Recuerdo bulevar

Y las paletas del ventilador continuaban girando, y con ellas todo el armazón casi amenazando con caer en su cabeza, pero a la vez no. La ropa colgada en el tendedero que atravesaba el cuarto. Fernández seguía con esa frenética ansiedad que a veces ata un poco a la responsabilidad, así como la necesidad de tantear (tarde y desesperadamente) en el bolsillo las llaves de la casa luego de salir a la calle, o sentir que un trámite que se hizo esta inconcluso y uno necesita cerciorarse para su tranquilidad. Pero no sabía bien porqué, talvez porque la lóbrega noche le obligaba a loar todo aquello que otros investían y el no; eso talvez lo desvelaba."Para algunos todo el año es primavera" dijo en un momento de inspiración Juan Carlos Biliardi en la placita del bulevar, seguro divagando por toda la marihuana que había fumado, pero encajó en el lugar perfecto; por lo menos para Fernández. Y mientras, las paletas y el ventilador daban vueltas haciendo un ruido cada vez más escandaloso. Después de todo no le importaba tanto eso, era otra cosa, como algo pendiente, como una obligación ocasional pero de absoluta importancia que lo carcomía de preocupación. En un momento en la plaza en el que Biliardi se calló, Fernández en su cabeza sabía bien que la noche se iba a tornar cada vez más y más espantosa, y comprendió bien que un poco de alcohol y algunas personas no matan la depresión; esas situaciones en las que uno se advierte solo en un gran grupo de sujetos, justo entre las ganas de permanecer así (en aislamiento) y entre la espera de la aparición de alguien interesante para su inclusión en el montón. Y de seguro era solo eso, las ganas de que la veterana esperanza por fin sea fructífera y traiga la felicidad por un momento nada más. Y el ventilador que lenta pero estridentemente se desprendía de la pared, y ya casi alcanzaba su cabeza. Quizás lo que percibía en su aburrido y rutinario cuerpo se llamaba fracaso: levantarse todos los días a las cinco, prepararse unos mates, soñar con que algún día una majestuosa mujer como la Gitana volviese a entrar por la puerta de su casita (esa que ni siquiera era puerta; aquella que era un manta colgada de lo superior del marco donde debería haber estado siempre una puerta), ir a la fabrica y morir de vuelta en la cama. Pero la frustración no era algo pendiente, era algo constante en él y se concebía diferente, de una forma resignada y dolorosa. Pero esto era como algo mal hecho, desinteresadamente o por instinto realizado. El ventilador (todavía andando y colgando de sus propios cables) caía sobre él, y las paletas despedazaban sus manos, su rostro y cuero cabelludo, sus ojos y cuello. Y ahí se acordó: había puesto a calentar agua en la pava para hacerse un café, y la dejó olvidada en la hornalla encendida.
FIN


Salgo a la calle
y al final
gente naranja,
ciudades naranjas,
mundos naranjas.
Y
el sr. Naranja dice:
"¡Puta!, otra naranja seca"